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Chacho Peñaloza

Vista General

Ángel Vicente Peñaloza, popularmente conocido como el Chacho Peñaloza, fue un caudillo y militar de origen argentino, que integró esa serie de ilustres patriotas ferales que justamente defendían a ultranza la causa federal y se oponían a la hegemonía y centralismo que se imponía desde Buenos Aires, y que generaba como contrapartida un interior del país pobrísimo y sin recursos.

Nació en la localidad de Malanzán, en la provincia de La Rioja, el 2 de octubre del año 1798, por aquellos años parte del Virreinato del Rio de la Plata.

Estuvo casado y tuvo varios hijos, aunque dos de ellos murieron y solo una mujer sobrevivió, también adoptó a un niño huérfano con su mujer Victoria Orihuela.

Era el hijo primogénito y legítimo de Juan Esteban Peñaloza y Úrsula Rivero. Sus abuelos paternos eran Nicolás Peñaloza —un próspero hacendado ganadero— y Melchora Agüero. Sus abuelos maternos eran Bernardo Rivero, hijo de un portugués, y Mercedes Torres. Todos ellos eran miembros de familias de largo arraigo e influyentes en la zona.

Fue educado en sus primeros pasos por un tío abuelo, el prestigioso sacerdote Pedro Vicente Peñaloza, que le puso de apodo “Chacho” —apócope de muchacho— en los primeros años de su vida, ya que consta que éste falleció en 1801, es decir cuando aquél tenía solo cinco años.

Se casó en la Iglesia de Malanzán el 10 de julio de 1822 con Victoria Romero de Orihuela, con la que tuvo tres hijos: dos de ellos fallecidos al poco tiempo de nacer, y Ana María Peñaloza, quien no dejó descendencia. Además adoptaron a un huérfano, hijo de un familiar llamado Indalecio Peñaloza, que se casó luego con Eudosia Flores Vera.
Militar

Desde joven fue oficial de milicias. En la batalla del Tala recibió el grado de capitán, tenía 28 años. Desde entonces peleó al lado de Facundo, repitiendo la hazaña de enlazar los cañones enemigos para arrastrarlos fuera de las líneas. Después de la batalla de Oncativo, Peñaloza no siguió a su general, que iba a Buenos Aires; retornó a La Rioja, llevando una vida semi clandestina ante la ocupación de la provincia por Lamadrid. Pero cuando Quiroga llega a Mendoza, el capitán Peñaloza derroca al gobernador puesto por los unitarios en La Rioja y se incorpora a la División Auxiliares de los Andes en camino hacia Tucumán y participa de la batalla de Ciudadela.

Su prestigio era tan grande como para comandar la escolta de Quiroga. Es lindo imaginar al Tigre de los Llanos y el jefe de su escolta fatigando los caminos de la república… El asesinato de Quiroga, en 1835, dejó vacante el liderazgo político–militar de La Rioja: fue Tomás Brizuela quien heredó en parte la jefatura popular. Al lado suyo quedó el Chacho.

Siempre acompañado por su mujer, el caudillo gana los Llanos. Con mejores caballos que sus perseguidores, les saca distancia y se refugia en la aldea de Olta. Envía una carta a Justo José de Urquiza, da algunas órdenes para reorganizar su gente y descansa en la casa de un amigo. El 11 de noviembre, una avanzada de Irrazábal, comandada por un capitán Vera, se entera del paradero del caudillo. Un tal Pancho el Minero es el infidente, y una Rosita la Ligera o Rosita la Pelagiada corre a avisar al Chacho que viene una partida a prenderle, sin ser creída. Apenas raya al alba del 12, avanza el destacamento de Vera sobre la casa donde está Peñaloza. Los que están haciendo rueda en moroso diálogo con el caudillo, huyen por los fondos. Solo quedan doña Victoria y un par de personas. Vera le pide al chacho que se de por rendido, el viejo jefe entrega su puñal, en cuya hoja rezaba esta leyenda: “el que desgraciado nace / entre los remedios muere”.

Ya llega Irrazábal avisado de su captura, desmonta y entra a la casa, lanza en ristre. La voz de Peñaloza es apagada por los alaridos de doña Victoria y los bramidos de Irrazábal mientras atraviesa el pecho del prisionero inerme. Luego hacen toda suerte de vejaciones con su cadáver. Le cortan una oreja y se la envían a don Natal Luna, en La Rioja. Degüellan su cabeza y la clavan en una pica, en la plaza de Olta. Pero el caudillo ya no podrá ver la devastación que siguió a su martirio.

Desde 1854 fue comandante de armas de la provincia, y al año siguiente fue ascendido a general por el presidente Urquiza. Era muy prestigioso entre los gauchos humildes de La Rioja y las provincias vecinas, y se comportaba como uno más de ellos, salvo cuando mandaba en el ejército. Ellos lo consideraban, también, su protector, su abogado, el solucionador de los problemas de cada uno de ellos.

En octubre de 1858 fue asesinado Nazario Benavídez por los partidarios del gobernador Gómez. El presidente ordenó una intervención federal a la provincia, ordenando a Peñaloza que la apoyara militarmente; no tuvo necesidad de combatir, pero ocupó con sus montoneras la ciudad de San Juan. Desde entonces fue el hombre de confianza de Urquiza en la región.

En enero de 1860 derrocó al gobernador Bustos, que se acercaba cada vez más a los unitarios de Buenos Aires, y nombró en su lugar al coronel Ramón Ángel. Poco después fue nombrado interventor federal de su provincia.

Después de Pavón, en 1861, el interior del país quedó abierto a los unitarios. Hacia Cuyo salió el coronel Ignacio Rivas y hacia Catamarca el general Wenceslao Paunero, que enviaron varias expediciones contra La Rioja. Mientras tanto, Peñaloza ofreció mediar en la guerra entre los federales y unitarios del norte del país. Pero a pedido del gobernador tucumano Celedonio Gutiérrez, se unió a éste; fueron derrotados por los unitarios.

Regresó a La Rioja, perseguido por sus enemigos, que los derrotaron en varias batallas; los oficiales prisioneros eran fusilados, mientras muchos soldados eran torturados y degollados. La represión fue increíblemente feroz, y eso mismo dio fuerzas a los federales para seguir luchando.
Tratado de La Banderita

Tras sitiar la ciudad de San Luis, logró firmar un tratado de paz llamado Tratado de La Banderita a principios de 1862, en que se le ofrecían garantías. Cuando llegó la hora de cambiar prisioneros, se dice que Peñaloza entregó los suyos, pero no recibió ni uno: todos sus hombres habían sido degollados. Esto lleno de indignación a Peñaloza, ya que los hombres que lo acusaban de asesino y ladrón, habían violado todos los codigos militares, asesinando a prisioneros rendidos.

En 1863, el gobernador puntano, Juan Barbeito, repelió una nueva invasión de tropas leales a Peñaloza, unos 1 600 montoneros habían incursionado con éxito parcial en la zona norte de la provincia.

Los militares que debían hacer cumplir el tratado continuaron con la persecución a los aliados de Peñaloza, por lo que este volvió a alzarse en armas en marzo de 1863. Logró varios éxitos en San Luis, Córdoba, Catamarca y Mendoza, e incluso depuso al gobernador riojano.

El vencedor lo persiguió hasta Los Llanos, y Peñaloza se rindió al comandante Ricardo Vera, entregándole su puñal, la última arma que le quedaba. Una hora más tarde llegó Irrazábal y lo asesinó con su lanza; a continuación hizo que sus soldados lo acribillaran a balazos. Era el 12 de noviembre de 1863.

Su cabeza fue cortada y clavada en la punta de un poste en la plaza de Olta. Una de sus orejas presidió por mucho las reuniones de la clase “civilizada” de San Juan. Su esposa, Victoria Romero, fue obligada a barrer la plaza mayor de la ciudad San Juan, atada con cadenas.

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